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LA √ļLTIMA SALIDA DE CAZA

Recuerdo que hace un tiempo alguien escribi√≥ en MAGNUM que habr√≠a que levantarle un monumento a Pedro Luro por haber tra√≠do a estas tierras, m√°s precisamente a la provincia de La Pampa, el ciervo y el jabal√≠. Propuesta con la que coincido plenamente. Pero como contrapartida habr√≠a que castigar duramente a quien o quienes se le ocurri√≥ en el a√Īo 1948 traer de Canad√° a esos veinte castores que, a trav√©s de los a√Īos, han producido un verdadero desastre ecol√≥gico. Volvamos al presente. Mi experiencia cineg√©tica, por a√Īos, se redujo a las salidas que hac√≠a con mi padre a cazar perdices. Hace unos a√Īos, por gentileza de un viejo amigo, Daniel Riccio, quien tuvo la deferencia de invitarme a compartir con √©l un apostadero en el campo La Uni√≥n, de la provincia de La Pampa, experiment√© el aguardo en un apostadero. Debo confesar que fue tal el sufrimiento vivido (Daniel es totalmente inocente) que nunca m√°s repet√≠ la experiencia. Admiro a los que les encanta y lo repiten todos los meses con la luna llena. En los √ļltimos tiempos estaba rondando en mi cabeza la idea de intentar hacer una salida en busca del ‚Äúcolorado‚ÄĚ, ya que nunca lo hab√≠a hecho. Se me presentaron dos escenarios posibles: La Pampa o el Sur argentino. Del rinc√≥n austral ten√≠a recuerdos que cuando todos los cierres de temporada de la pesca de la trucha, √≠bamos con mi amigo Guegue a tratar de enga√Īarlas con diferentes tipos de moscas en el lago Paim√ļm. Generalmente coincid√≠a con la brama y los sonidos que escuch√°bamos mientras naveg√°bamos ese hermoso para√≠so, siempre me cautivaron y hasta me produc√≠an cierto escalofr√≠o. A La Pampa la desech√©, ya que el paisaje no me parec√≠a muy atractivo, y eso de meterse en los bosques de caldenes y rasparse todo, a esta altura de mi vida, no me parec√≠a apropiado para mi integridad f√≠sica (si, soy medio quisquilloso). Todos estos pensamientos aparecieron all√° por octubre. Me puse a pensar lo que podr√≠a ser aquella cacer√≠a, subir y bajar laderas de monta√Īa con tantos a√Īos de cigarrillo, podr√≠a ser algo entre el sufrimiento (m√°s que en el apostadero) y cierto riesgo. Pens√©, ¬Ņqu√© hago si tengo alg√ļn episodio en el medio de la nada? Me invadi√≥ un p√°nico que me hizo empezar a transpirar. Es que despu√©s de los 70 muchos empezamos a pensar en la muerte de manera m√°s o menos recurrente, de manera que, moment√°neamente, archiv√© la idea. Un viernes por la noche, cerca de las 9.30 son√≥ el tel√©fono. Por lo general me preocupan esos llamados en horarios no comunes. Con mis hijos me comunico v√≠a ‚Äúguasap‚ÄĚ, de manera que ellos no pod√≠an ser. Otra posibilidad que pens√© era que pod√≠an ser Ricardo Zanni o Lorenzo Santos Bonet, que siempre llaman en horarios de cena. -¬ŅHola Alberto? Preguntaba una voz que no reconoc√≠a del otro lado del tel√©fono. A lo que contest√© afirmativamente. -Soy Pablo C., de Jun√≠n de los Andes. Pablo era el due√Īo de una estancia en esa localidad y en cierta oportunidad por pedido de un amigo en com√ļn, le pude solucionar un problema que √©l a tanta distancia de Buenos Aires, le resultaba casi imposible. -Tanto tiempo. Te llam√≥ porque d√≠as pasados me acordaba del favor que me hiciste y que nunca te lo pude agradecer en proporci√≥n al problema que me solucionaste. Por unos instantes me qued√© callado. -¬ŅHola, est√°s ah√≠? Si, si, solo que me qued√© pensando en la idea que me hab√≠a casi desvelado. Le cont√© las ganas que ten√≠a de ir a cazar. -Por supuesto, te ven√≠s que yo tengo todo, hospedaje, alg√ļn arma que puedas precisar, un buen gu√≠a y todo lo dem√°s. Lo √ļnico que te pido es que sea despu√©s de la brama, ya que vienen unos cazadores norteamericanos para esa √©poca. No hay problema, no tengo grandes pretensiones. Te llamo cerca de fin de a√Īo para combinar. Cuando colgu√© el tel√©fono unas fuertes palpitaciones en el pecho sonaban como los tambores de guerra de las pel√≠culas del Oeste, en las que siempre, obviamente perd√≠an los indios. Despu√©s de convencer a toda la familia, esposa e hijos, comenc√© a reducir mi cuota diaria de tabaco (casi una misi√≥n imposible) y con una mochila con algunas piedras que tom√© del vecino, empec√© a realizar caminatas casi diarias. Siempre fui bastante solitario y muchas veces me aterraba la idea de parecerme cada d√≠a m√°s a mi padre, quien tambi√©n lo fue. Pero bueno a esta edad es muy dif√≠cil cambiar viejos h√°bitos. Digo esto porque hab√≠a tomado la decisi√≥n de viajar solo. Aprovechando las cuotas sin inter√©s de una l√≠nea a√©rea compr√© el pasaje con anticipaci√≥n y haciendo la cuenta me sali√≥ m√°s barato que ir en auto, habida cuenta que tambi√©n ten√≠a que sumar el hospedaje que seguramente el cansancio de manejar me iba a obligar a parar en Gral. Acha, como lo hac√≠amos con Guegue. Por fin lleg√≥ el d√¨a. Mi esposa me llev√≥ hasta el Aeroparque para abordar el avi√≥n que me llevar√≠a hasta Neuqu√©n para despu√©s tomar un micro hasta Jun√≠n de los Andes. D√≠as antes de emprender el viaje hab√≠a estado leyendo notas sobre la cacer√≠a del ciervo colorado. Quer√≠a aprender de los que ya hab√≠an vivido la experiencia, ya que no quer√≠a hacer solo lo que el gu√≠a me indicara, sino poder tomar alguna decisi√≥n propia. En la mochila que llevar√≠a hab√≠a puesto una linterna, el termo y el mate -infaltables-, un cuchillo que hace a√Īos me hab√≠a regalado Alfredo Kehiayan, un largavista, que me hab√≠a quedado de cuando navegaba a vela, una carpa de monta√Īa y el libro que estaba leyendo el cual me hab√≠a atrapado desde la primer p√°gina: El hombre inquieto, del escritor sueco Henning Mankell y algo m√°s que no recuerdo con precisi√≥n. Despu√©s de un viaje largo por fin llegu√© a destino. Al bajar del colectivo, aguard√© unos minutos y se me acerc√≥ un joven de unos 35 a√Īos, alto y de piel curtida. -¬ŅEl se√Īor Alberto? Pregunt√≥ con cierta timidez. A mi respuesta me se√Īal√≥ que lo hab√≠a enviado don Pablo para llevarlo hasta la estancia. Subimos todo a una camioneta 4x4 y emprendimos el viaje. Rigoberto, como se llamaba el joven, era cordial pero de pocas palabras, cosa que me alegr√≥, ya que no me gusta hablar demasiado. Bordeamos el r√≠o Chimemu√≠n, y al rato de andar, nos desviamos por un camino secundario que cada vez se hac√≠a m√°s empinado pero que el veh√≠culo lo recorr√≠a sin dificultad. SOLO EN LA MONTA√ĎA Al llegar, despu√©s de los saludos de rigor y una breve conversaci√≥n de circunstancia, le dije a Pablo que quer√≠a pasar una noche acampando solo en la monta√Īa para despu√©s iniciar la cacer√≠a. Me mir√≥ con cierta extra√Īeza, pero no emiti√≥ comentario alguno, cosa que agradec√≠ en silencio. Me di un buen ba√Īo caliente, cenamos y me fui a dormir. A la ma√Īana siguiente acord√© con Pablo que Rigoberto me llevar√≠a a un lugar que a √©l le pareciera el m√°s indicado para empezar. Me facilit√≥ un GPS con el punto marcado. Al d√≠a siguiente Rigo llevar√≠a el fusil, un espl√©ndido Heym calibre .308 Win. con una mira Schmidt & Bender que yo mismo hab√≠a elegido del bien surtido armero de Pablo, junto con munici√≥n Remington Core-Lokt con punta de 150 GN. Al arribar al punto elegido bajamos todos los ‚Äúpetates‚ÄĚ, salud√© a Rigo y me puse a contemplar el majestuoso entorno y pens√©: lejos de todo y cerca de nada. Estar en esa inmesidad, solo, era algo diferente a lo cotidiano. La gran calma escondida en el hecho de no pensar, por momentos, en nada en absoluto. Solo escuchar, ver y permanecer casi inm√≥vil. Por momentos la im√°genes de mi esposa, de mis hijos y de mis nietas, aparecieron de repente. Me angusti√© pensando cu√°nto tiempo m√°s vivir√≠a para poder disfrutar de ellos, cosa que antes no me hab√≠a ocurrido. Para despejar esa angustia me puse a armar el peque√Īo campamento. Al terminar decid√≠ emprender una caminata. Sub√≠ una cuesta que me pas√≥ la factura de tantos a√Īos de fumador. Un monte de √Īires y lengas se levantaba orgulloso frente a mi, completado por centenarias araucarias. Del piso recog√≠ algunos pi√Īones que a la noche pensaba comer junto con un par de s√°ndwiches que hab√≠a preparado la cocinera de Pablo. Estaba anocheciendo y volv√≠ al campamento para encender un fuego. La noche pintaba fr√≠a. Despu√©s de comer, me met√≠ dentro de la bolsa de dormir y le√≠ unas p√°ginas del Hombre inquieto, hasta quedarme profundamente dormido hasta la ma√Īana siguiente. Mire el reloj, eran las 8, cuando escuch√© la camioneta. Era Rigo, con el Heym y las municiones. Me explic√≥ c√≥mo har√≠amos la b√ļsqueda de alg√ļn ciervo. Lo escuch√© con mucha atenci√≥n, sab√≠a de lo que hablaba. Nos pusimos en marcha.

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