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LA VAINA Y SU IMPORTANCIA EN EL FUNCIONAMIENTO DEL SISTEMA ARMA-CARTUCHO

El proyectil ha llegado al blanco, impactó en el lugar pretendido y “hemos logrado nuestro objetivo”. ¿Qué fue lo importante en este hecho? ¿Cómo lo logramos? ¿Cuál de los componentes del sistema cumplió su tarea de manera correcta? Si consultamos a los parroquianos en la pedana de cualquier club de tiro, o en la zona de caza preferida con los compañeros habituales, encontraremos diferentes respuestas a estos interrogantes. Ninguna de ellas, seguramente, mencionarán o incluirán en su análisis el comportamiento de la vaina del cartucho. La mayoría se inclinará a ocuparse del coeficiente balístico o el peso de la bala, de la carga de pólvora, que después de muchas pruebas se estableció como la ideal e inmejorable, o el buen comportamiento del fusil o arma corta. Y la lista de variables continúa. Resulta difícil para los usuarios profesionales, o aficionados al tiro deportivo, pensar en lo que sucede con el arma, durante el ciclo de disparo, en el momento de la extracción de la vaina y el inicio del retroceso del bloque de cierre. Esto se puede trasladar también a los ingenieros militares, en la situación de tomar la decisión de adoptar tal o cual sistema que le son presentados, con el objetivo de seleccionar un arma que cumpla las prestaciones pretendidas para la Fuerza. Luego de producido el disparo, el despegue de la vaina de la recámara del arma, en el momento de la extracción y la apertura del bloque de cierre, son eventos determinantes en los cuales las características mecánicas y geométricas (perfil) de la vaina, cumplen una misión fundamental. La vaina, durante la deflagración de la pólvora, cualquiera sea el material con el cual esté elaborada, y cuyo espesor de pared en la boca (arma corta) o en la zona de la base del cuello (arma larga), es de 0,5 mm o inferior aún, estará sometida desde los 2.500 kg/cm2 (9x19 mm) y hasta los 3.500 kg/cm2 (.308 W). Además, alcanzando temperaturas que llegarán a los 150 °C. Bajo estas condiciones el material debe poseer las cualidades específicas para, por un lado, deformarse en el momento de incremento de presión y copiar el perfil de la recámara, sellando la cámara de combustión impidiendo el escape de los gases hacia el tirador. Por otro, una vez producido el descenso de la presión, recuperar la mayor parte de sus dimensiones originales y, de esta manera al contraerse, separarse de la recámara consumiendo para ello un mínimo rango de energía de la disponible para cumplir con el resto de las funciones que hacen al ciclo de disparo. Justamente, si esto no se cumple de la manera descripta, ocurre el mal funcionamiento del sistema: demoras en la extracción y/o encasquillado e interrupción del ciclo de disparo. Esto se agrava notablemente para el caso de las armas de empleo habitual por parte de las fuerzas armadas, de seguridad o policiales, en razón de la inevitable presencia de elementos extraños, por las zonas y condiciones de empleo adversas, las cuales tienden a frenar el deslizamiento de las piezas móviles. Veamos dos casos puntuales de experiencias vividas por quien escribe estas líneas, y que terminan de definir la importancia a la que hacíamos referencia. Finalizaba la década de 1990, me encontraba siendo el responsable de la producción de municiones de la Fábrica Militar “Fray Luis Beltrán”. En esa época nos tocó resolver un inconveniente con la producción de la munición calibre 9x19 mm, y en particular del diseño de su vaina. La que se fabricaba hasta ese momento, cumplía con una curva de dureza (resistencia mecánica) establecida para su correcto funcionamiento en el común de las armas que existían en el mercado. En general pistolas y pistolas ametralladoras de diseño normal y convencional. Y por cierto que lograba ese objetivo de manera satisfactoria. Realicemos un pequeño paréntesis en este relato y aprovechemos para aclarar un error habitual que se comete al momento de denominar al arma larga tipo carabina, en general con funcionamiento automático y calibre común con el de un arma corta. Incluso es un error que se reitera en manuales del ANMaC y en mucha publicación disponible, seguramente teniendo como origen bibliografía española. El mal llamado “subfusil”. ¿Qué es un subfusil? Será “un arma que se coloca debajo de un fusil”. Un arma con “sub calibrado”. Razonemos un poco. Veamos el origen del término en alemán. Sin duda la MP 40 y la Segunda Guerra Mundial, el momento de su esplendor en los campos de batalla, es un ejemplo de lo que los teutones llamaron “maschinenpistola”. Además, como dato ilustrativo, el tipo de arma en discusión nació justamente en Alemania (Maschinenpistole 18/I, diseño de Hugo Schmeisser). La traducción del alemán “maschinen” equivale a “ametralladora”, con lo cual la traducción literal es “pistola ametralladora”. Si nos fundamentamos en bibliografía británica, el termino es similar “machine”. En Estados Unidos, se emplea submachine guns (subametralladora), por sus condiciones de funcionamiento balístico inferiores respecto del calibre de la ametralladora ligera. Razonable. Si vamos a nuestra tradición armera podemos mencionar. La fábrica Halcón produce su primer modelo en 1943 como “pistola ametralladora”. Lo mismo Manzo Sal con sus M.E.M.S. en 1948. En 1951, la Fábrica Militar Domingo Matheu con la P.A.M. 1”. Son las siglas de Pistola Ametralladora Modelo 1. Así las menciona el Cnel. Julio Guzmán en su obra Las Armas Modernas de la Infantería (Biblioteca del Oficial, Círculo Militar, Vol. 414, año 1953). El Decreto 395/75, reglamentario de nuestra sabia Ley Nacional de Armas y Explosivos (la 20.429 de 1973), en la Sección II, Definiciones, artículo 3 inciso 17 las denomina pistolas ametralladoras. ¿No es esta definición la legal? Conclusión, el “subfusil” no existe, y la denominación correcta es “pistola ametralladora”.

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