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ORIGEN Y EVOLUCIÓN DE LAS ARMAS DE FUEGO

Con referencia a una síntesis histórica de las armas de fuego, hago esta nota un poco para recordar lo que los hombres hicieron hace un montón de años con mucho ingenio y mucho trabajo. Para referirnos a la historia de las armas de fuego, debemos comenzar por el medio propulsor empleado para lanzar proyectiles con dichas armas; esto es a los principios de la pólvora que se confunde entre la leyenda y los positivos datos históricos que sobre ella se poseen. Son numerosas las leyendas referentes al empleo de la pólvora, desde tiempos muy remotos, por los griegos, los chinos y los japoneses, los árabes y los romanos. Parece, sin embargo cierto, que los chinos y los japoneses conocieron desde tiempo inmemorial un compuesto que empleaban en las fiestas religiosas para hacer fuego de artificio, sin causar explosión. Los romanos adquirieron más tarde de los chinos conocimientos de ciertos polvos que hacían arder en sus representaciones teatrales, allá por el siglo VI de la era cristiana. Por el año 670 D.C. también emplearon la pirotecnia los griegos, ilustrados por el arquitecto de la ciudad de Heliópolis, llamado Calimico que según se deduce, aprendió de los chinos a componer una combinación de salitre, azufre y resina. Esta misma mezcla la conocieron los árabes por medio de los misioneros y le dieron el nombre de salitre chino. Hasta aquí la leyenda, que también atribuyen al célebre viajero y explorador veneciano Marco Polo (1254-1324) el haber llevado a Europa el uso de la pólvora, cuya utilización viera en sus correrías por China, Persia, Armenia y Trebisona, pero nada lo confirma fehacientemente. Históricamente solo está probado que en el siglo XIII los árabes empleaban mezclas incendiarias a base de salitre, azufre y carbón aunque desconocían la fuerza explosiva de esta combinación, que probablemente fue puesta de manifiesto por un accidente casual y, así en el siglo XIV, aparece utilizada como elemento propulsor por los mismos árabes. En Europa las versiones más extendidas, atribuyen su descubrimiento al franciscano inglés Roger Bacón (1214-1284), o al monje alemán alquimista Bertoldo Schwarz en el siglo XIV, aunque lo más probable es que hayan sido los primeros en difundirla. Parece probado que la pólvora se utilizó por primera vez en Europa en el sitio de Niebla, por la artillería árabe, y con seguridad en el de Algeciras en que éstos la emplearon contra las huestes de Alfonso XI (1342). En las crónicas existentes sobre la vida y campañas de este rey, se consigna: “los moros de la ciudad de Lancauan pellas de fierro grande, Lancáuan las tan lexon de la ciudad que Lancauan allende de la hueste algunas de ellas, é algunas de ellas serian de las hueste”. Zurita, en los Anales de Aragón cita el empleo de la pólvora por los moros de Granada en 1331. A partir del siglo XIV se fue extendiendo su empleo por toda Europa pero en la industria no se la utilizó hasta medido del siglo XIX. Pero las investigaciones históricas permiten suponer que la utilización o el descubrimiento de la pólvora en Europa se debe al monje germano Bertoldo Schwarz, que en un impreciso año de siglo XIV habría inventado la detonante pólvora negra, el explosivo que hasta los últimos años de la centuria pasada fue usada invariablemente en todas las armas de fuego sobre la base de esta hipótesis, con ciertos atisbos de leyenda, muchos historiadores dejaron viajar su fantasía y no son raras las escenas en las cuales el buen Bertoldo, y sintiendo estallar bajo sus narices la mezcla que refinaba en un mortero, intuye la posibilidad de aplicarlo con propósitos no del todo acorde con la santidad del habito que viste. Todo comenzó en Friburgo, en el lindero occidental de la Selva Negra durante un lento atardecer de año del señor de 1312. Los numerosos fieles reunidos para la función vespertina en la espléndida catedral gótica vieron las vidrieras vibrar, mientras oían un estruendo semejante al trueno. Pronto comprendieron que dada la estación, no podía ser un trueno y tras recomendar fervorosamente sus almas a la Virgen María y a los santos locales, los esforzados ciudadanos salieron a la plaza para conocer las causas del suceso. Muy pronto la atención general se concentró en el vecino Monasterio de San Martin, del interior del cual provenía un airado vocerío. El turbado padre prior explicó a una delegación de curiosos que Fray Bartolomé, en el curso de uno de sus acostumbrados experimentos, le sucedió un extraño y pavoroso incidente. La habitación donde el fraile enredaba con morteros y alambiques estaba en completo desorden, sus muebles quemados y la paredes ennegrecidas. Fray Bartolomé, socorrido por algunos hermanos, fue transportado a su celda privado de conocimiento. Todo el humo y olor a azufre que se percibía en la estancia, hacía suponer una intervención infernal. La investigación que de inmediato se instruyó, demostró sin embargo, que el accidente fue provocado al caer una brasa en el mortero en el que el buen fraile había triturado la sal pétrea junto a carbón de leña y azufre. Había nacido la pólvora, y el nombre de Berthold Schwarz, irrumpía en la historia. Esta es la historia recogida en 1643 por Joseph Furtenbach en su tratado de artillería. A pesar de todo, la leyenda de Bertoldo y su variada iconografía se prestan a algunas observaciones. En primer lugar, la personalidad del propio monje, indudablemente un alquimista, es decir un científico para su época. Luego del siglo de su descubrimiento ¿por qué justamente el “quatrocento”, la leyendas nacen de la fantasía popular y en siglo XIV, precisamente, las armas de fuego alcanzaron tal difusión que se sintió la necesidad de buscar un responsable, y este fue Berthold Schwarz alquimista, versión aceptada como legitima por los autores especializados de los cuatro siglos siguientes. Falta, no obstante, la prueba histórica, puesto que hasta hoy no se han hallado documentos que confirmen la creencia, a pesar de quienes han querido reconocer en grabados de la época al misterio monje alemán. Los elementos que forman la pólvora detonante (salitre, carbón y azufre) eran ya conocidos por los pueblos más antiguos y a menudo mezclado burdamente con otra sustancias para la fabricación de fuegos artificiales.

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