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ELEFANTES EN MOZANBIQUE

El lugar elegido era Mozanbique. Un coto en el que había bosques y un gran río. Un desierto único y en estado de pureza, con abundancia de caza que incluía especialmente leopardos y leones. En esa parte del país el terreno es bastante plano o levemente ondulado. Algunas pequeñas colinas aisladas o en pequeños grupos se elevaban por encima de las llanuras, restos de milenios de erosión que había eliminado el suelo menos resitente, dejandólo más duro. Los arbustos, típicos de la sabana, las pasturas y el bosque de Miombo, cubrían la mayor parte del gran coto de caza. En el vasto terreno pueden encontrase depresiones conocidas como “cacerolas”. Algunas con agua estacional, otras con líquidos permanentes, permitiendo el crecimiento de la hierba e incluso juncales en las partes más húmedas. El río alimentaba un bosque ribereño y en su cauce se estrechaba y en otros de ensanchaba generosamente. LA BUSQUEDA Todavía era de noche. Apenas una tenue claridad asomaba, tímida, por el horizonte. A lo lejos se escuchaban a los gallos rompiendo el silenciosos aire frío. La leña todavía estaba ardiendo lo que permitió templarnos del frío africano de la mañana. Una realidad que contrasta con lo que muchos creen que Africa es solo un caldero insoportable. Los nativos se agacharon alrededor del fuego en su postura típica: la barbilla casi tocando sus rodillas y estirando las manos al reconfortante calor. Poco a poco el campamento estaba tomando vida, mientras la luz alejaba a la oscuridad. Era el momento del desayuno reconfortante de la mano de una bebida caliente. Casi de inmediato todo el equipo, conductor, seguidores, ayudantes, PH y los cazadores abordamos la camioneta 4x4 para rumbear al río en busca de algún rastro reciente de elefantes. Al poco de recorrer la ribera nos topamos, en el lodo, los primeros indicios. Desde ahí comenzamos el rastreo a pie y en una sola columna, con los rastreadores al frente. Al cabo de una hora de caminar, un “tracker” se detuvo y dijo: “kambaco”, apuntando a una gran huella circular sobre la hierba húmeda. Era la pata delantera de un gran elefante. Avanzando un poco más detectamos más pisadas, incluidas las ovaladas de las patas traseras. Los cazadores sabemos que las huellas nos brindan información valiosa sobre el animal que estamos siguiendo. Es importante analizar las pisadas, sobre todo las que dejan las patas trasera, ya que al caminar (o correr) el talón entra primero en contacto con el suelo y luego el pie rueda hacia adelante dejando una marca muy buena de la parte delantera. Los “tracker” prestan atención a esta impresión delantera, ya que habrá un rasguño de la uña del pie, que es la manera más segura de saber la dirección del animal, en este caso del elefante que buscamos. Las patas delanteras nos posibilitará dedicir el tamaño del animal. A medida que avanzamos encontramos otros signos, como ramas rotas y algunas pequeñas hojas verdes, restos de una comida y también marcas en la áspera corteza de un gran árbol de Mgombo, producto de algunas toneladas de carne buscando comodidad. La búsqueda continuó siguiendo las huellas de los paquidermos que se internaban hacía las pequeñas ondulaciones del terreno, dos de ellos dejaban marcas muy grandes. El sol ya estaba golpeando sobre nuestras espaldas, nuevamente el terreno estaba cambiando a medida que avanzábamos. La hierba era reemplazada por molestos arbustos espinosos. Este tipo de suelo, más duro, hacia que la marcha fuera más lenta, ya que el rastro era menos visible y obligaba a detenerse para estudiar los rastros más cuidadosamente. El viento, que al principio jugaba a nuestro favor, se volvió algo desordenado, llevando posiblemente nuestro olor al grupo de elefantes que estábamos siguiendo. El P.H. Utilizaba constantemente una bolsa de cenizas finas que arrojaba al aire para detectar la dirección del viento. Ya habíamos caminado más de quince kilómetros y teníamos la sensación que volveríamos al campamento con las manos vacías, por culpa de la brisa tan cambiante. Después de movernos unos trescientos metros, pudimos observar pasos más grandes con las huellas redondas de las patas delanteras más profundas, evidenciando que los animales estaban corriendo, seguramente nos habían olfateado. Nos sentimos desanimados. Esos elefantes seguirían corriendo por bastante tiempo y ese día no pudimos encontrarlos.

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