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LAS ARMAS BLANCAS DEL GRAL. SAN MARTÍN

Antes que nada quiero aclarar que no soy un experto, ni profundo conocedor del tema que voy a tratar. Simplemente he investigado un poco, como lo hacen muchos escritores, en trabajos de personas que si saben y conocen del tema. Me tomé el atrevimiento de firmar esta nota por la sencilla razón de querer rendir mi humilde homenaje a este militar, que junto con Manuel Belgrano, son -a mi modesto entender- la expresión máxima de lo que debe ser un soldado al servicio de los más puros ideales libertarios, valores que hoy más que nunca deberían servir de ejemplo para nuestros gobernantes. La mayoría de los historiadores e investigadores coinciden en que el Gral. San Martín utilizó al menos cuatro armas blancas durante su brillante carrera militar, a saber: 1. Posiblemente un sable que usó en su paso como cadete de la escuela de Murcia. 2. Una espada que utilizó en Bailen y Albuera. 3. Una sable (o espada) no hay coincidencia sobre esta arma, que empuñara en la batalla de San Lorenzo. Por último la más famosa y representativa de todas: el sable curvo, que según Jorge Pedemonte Méndez es un error denominarlo “corvo” y que hoy se encuentra en el Regimiento de Granaderos a Caballo en el barrio de Palermo de la Ciudad de Buenos Aires. Con respecto a la primera no existe datos certeros de qué tipo de arma era. Con respecto a la espada utilizada en Bailen, a ambos lados de la hoja presenta sendos vaceos en los que está grabado el nombre de quien la fabricó: Sebastián Hernández, que trabajó en Toledo y Sevilla durante el siglo XVII y suponen que la misma pudo haber sido realizada entre 1650 y 1660. En la actualidad la espada se encuentra dentro de una caja de madera a la que se le agregó un chapa de metal que dice: “espada del Libertador General José de San Martín. Esta espada es la que usó el general San Martín en la batalla de Bailén (España 1808) y se la regaló a su ex oficial de Maipú, el general chileno José Manuel Borgoño (1792-1848) estando este en Europa como enviado especial del gobierno de Chile. El general Borgoño, siendo ministro de Guerra y Marina del presidente de Chile, general Manuel Bulnes, el año 1846 se la regaló, y a su fallecimiento el año 1866 pasó a su hijo Gonzalo Bulnes (embajador de Chile en la Argentina) que se la obsequió al general José Ignacio Garmendia”. Con posterioridad al trayecto relatado en la chapa, a partir de 1931, según el citado Pedemonte Méndez, la espada llega a manos del ingeniero Domingo S. Castellanos, por vía de su esposa María Teresa Aubone y Garmendia, permaneciendo por muchos años, expuesta en una vitrina al efecto, en la casa de éste, en las Sierras de Córdoba. Fuentes no confirmadas, señalan que la espada debió ser vendida para atender al pago de un secuestro, encontrándose en la actualidad en la colección de Horacio Porcel. Quien esto escribe tuvo el privilegio, en una visita realizada a la casa de Porcel, de sostener en sus manos la famosa espada, sintiendo algo muy difícil de transferir en estas líneas. ALGO PARA RECORDAR A propósito de Horacio Porcel, si me permiten contaré algo que considero importante para todos los Legítimos Usuarios. A finales de la década de los 90 (1997), los usuarios legales de armas de fuego estábamos un tanto -por no decir totalmente- desamparados frente a un proyecto anti armas que presentaría por entonces el tristemente recordado Frepaso. Horacio Porcel, en un esfuerzo personal decide fundar ATARA (Asociación de Tenedores de Armas de la República Argentina). Algunos de los integrantes de la flamante asociación, de la que Porcel es presidente, se encontraban Paolo Ricciardi, Ricardo Far, Jorge Lodeiro y como Vicepresidente, Anastasio Siderakis. ATARA fue muy bien recibida por la comunidad armera y su prestigio crecía día a día. Entonces en una hábil jugada del por entonces Director del RENAR, José G. Báez, decide ofrecerles al Presidente y Vice de ATARA ingresar al organismo, para neutralizar su accionar. Porcel, con mucha ética no acepta, mientras que Siderakis, si lo hace. La gestión de Siderakis, según la mayoría de los comerciantes del sector, es muy dañina para la actividad , impulsando medidas que iban totalmente en contra de los postulados de la Asociación a la que supo pertenecer. Con certeza se sabe que estuvo en funciones por lo menos hasta el 2015, desconociendo si aun continúa en la actual AnMAC. VOLVAMOS A SAN MARTIN Finalmente llegamos al famoso sable “curvo”. Si bien popularmente se lo denomina como “sable corvo”, hace tiempo que estudiosos, historiadores y docentes debieron haber enseñado que se trata simplemente de un “shamshir”. Esto es, una tipología específica de arma blanca, de la familia de los sables, de origen persa, que podemos enmarcar en la moda establecida por los altos oficiales que estuvieron con Napoleón en la Campaña de Egipto entre 1798 y 1801. Muchos generales y mariscales franceses trajeron consigo sables de concepción oriental y también lo hicieron personajes históricos de la talla de Manuel Belgrano y Martín Miguel de Güemes, baste recordar que la empuñadura en ambos ostenta la imagen de la Orden de Egipto creada por Napoleón. Haciendo un poco de historia, cabe recordar que el término “shamshir” hace referencia a las curvas garras del tigre, que en este caso, apunta a la pronunciada curvatura de la hoja que se estrecha uniformemente hasta la punta. Asimismo, sable es la denominación genérica de toda arma blanca, de marcado desarrollo de hoja, que presenta un lado romo, el lomo, y un lado filoso, el filo. Pudiendo darse ejemplares de hoja marcadamente curva, de raíz turca y ejemplares de hoja mayormente recta, de origen oriental europeo. La hoja pronunciadamente curva, se presentaba no sólo en Persia, sino también en la India y en casi todo el mundo árabe durante el siglo XVI. Eran hojas confeccionadas en acero de Damasco, siendo parte de la confección el “wootz”, un cilindro chato de hierro con alto contenido de carbono (acero de regular pureza) que, originado precisamente en la región de Damasco, era comercializado en Persia. Este “wootz”, sometido a forja, en un horno de piedra, alimentado con carbón y siguiendo un cuidadoso proceso regido por los conocimientos del forjador, para apreciar la coloración exacta del material entre sus manos, era convertido en un lámina y luego en una hoja, que templada, era finalmente pulida y sometida a soluciones salinas y ácidas, que resaltaban los diferentes componentes que yacían en ese “wootz” original y daban el particular acabado de las “hojas de damasco”. Al punto, es preciso señalar que ese particular dibujo era el resultado de la estructura dúplex de hierro y carbono, incorporada desde la misma confección del “wootz” e incrementada de una manera irrepetible, durante el proceso de calentamiento y martilleo de la forja. Volviendo a la pieza concreta, ha habido muchos estudios, algunos históricos influídos por la personalidad de su propietario y otros científicos, más cercanos a la realidad que emerge de las cosas.

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