CLASIFICADOS

CARTA DE LECTORES

Envíenos un mail para publicar en Revista Magnum!

Enviar e-mail

NÚMEROS ANTERIORES

Solicítenos los números atrasados que desea adquirir.

Hacer pedido

MANUAL DE RECARGA EDICION 2016

Cartuchos metálicos. Arma corta y larga. Nueva edición (2016).

Hacer pedido

CD

Años 1 y 2

Hacer pedido

EL DISPARO QUE SALVÓ EL DÍA

Habíamos planeado este safari durante casi un año. Varios meses antes me había reunido con la empresa organizadora, que era de un Professional Hunter de renombre, por lo que en el momento de la salida todo estaba planificado. Sin embargo el “continente negro” es a menudo complicado, como lo probaría una vez más. En el aeropuerto, después de registrarnos y cumplimentar los trámites pertinentes, se anunció que nuestro vuelo venía demorado. Luego de un muy largo retraso, fue cancelado por razones técnicas. Los pasajeros fuimos alojados en un hotel cercano al aeropuerto y finalmente partimos a la mañana siguiente. El vuelo lo realizamos sin problemas y nos encontramos con un representante de la empresa de safaris. Por desgracia, mi fusil no llegó con el resto del equipaje. Para llegar al destino final teníamos que tomar otro avión. Otra noche en un hotel. Después de una cena rápida y de una ducha reparadora, descansamos unas pocas horas y tomamos el vuelo de cabotaje. Al llegar al destino final, otros representantes recogieron nuestro equipaje. Dado que no era recomendable viajar en auto por la noche, nos alojamos en otros hotel, un establecimiento muy africano. Mi fusil seguía sin aparecer. Al día siguiente, muy temprano partimos en una camioneta todo terreno viajando durante interminables seis horas. Al llegar al campamento, muy pintoresco, nos recibieron amablemente y nos asignaron las habitaciones. Todo muy bien, pero mi fusil seguía sin aparecer. Después del almuerzo el PH recomendó algunas pruebas de las armas que tenía mis amigos. Como yo no tenía ninguno, el PH me prestó un Remington calibre .375 H&H y algunas municiones. Ya que yo prefiero las cargadas con puntas Barnes X, tomé prestados algunos cartuchos que ellos habían recargado. Casi siempre había obtenido excelentes resultados con la Barnes. Yo había estimulado y aconsejado a mis amigos que las utilicen. Utilizadas en mi fusil Blaser había sido desvastadoras en otras cacerías. Para realizar las pruebas de calibración de las armas, se colocaron blancos a 50 y 100 metros. Apunté directamente al objetivo colocado a 100 metros. Mirando por el binocular Leica, quedé un poco sorprendido ya que el impacto no fue lo esperado, pero como el blanco tenía varios impactos anteriores (no míos), realicé otro disparo. Otra vez fallé. Lo que me molestaba era que tanto mis amigos como los PH, protegidos detrás de los árboles comenzaran a reirse y hacer bromas. Hice una prueba final, reemplazando el blanco y regulando con los clics la mira telescópica. Santo remedio. Los proyectiles impactaron donde había apuntado. A día siguiente con todo en orden (menos mi fusil que no había aparecido) nos dirigimos a los bosques de Mopane en busca del búfalo, siempre con mucho cuidado y cautela. Buscamos pistas y excrementos frescos, tratando de evitar esas desagradables ramas. En un momento pude llegar cerca de una manada de búfalos, pero ninguno era el trofeo que estaba buscando. Al notar nuestra presencia se asustaron y huyeron rompiendo todo en su camino. Parecían un tren fuera de control, dejando atrás nubes de polvo y un cantidad de ramas rotas. No me agradaba la situación por lo que pensé que era necesario elaborar una nueva estrategia, y no por la dificultad o el peligro que se habían presentado, sino porque estaba convencido que de esta manera no iba a lograr cazar un buen animal. A la noche, al calor del fuego y disfrutando de una buena bebida le planteé al PH una nueva estrategia. Sugerí que partiéramos más temprano de lo habitual, tratando de encontrar los primeros rastros más cerca del campamento e iniciar el rastreo con la suave luz del amanecer, con la esperanza de encontrar una manada que todavía se esté moviendo de manera tranquila. Así hice y al despertarme todavía era de noche con las últimas brasas ardiendo. Un silencio perfecto envolvía todo, la fauna nocturna ya estaba en silencio. El único sonido audible era el de algunos ronquidos de los PH o de mis amigos.

google analitycs