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¿EL CRIMINAL, NACE O SE HACE?

Cualquier persona tiene la capacidad de actuar de manera violenta, lo que no significa que lleve a la práctica esa posibilidad. Hay individuos, sin embargo, más propensos que otros para orientar la agresividad innata de nuestra especie hacia la resolución de los problemas con los que se encuentran en la vida o, simplemente, para conseguir metas que desean. Tales personas piensan de forma violenta y sus emociones y conductas se ajustan a esas ideas y actitudes. Los seres humanos más preparados para la violencia son los psicópatas y cuando su bienestar psicológico se centra de manera dominante en el control total y el terror de sus víctimas, estamos ante la peor clase de psicópatas: los asesinos en serie. El estadounidense Dennis L. Rader, alias BTK, es un ejemplo extremo de esta aberración de la naturaleza humana. Un popular pastor que con su verborrea y fuerte personalidad seduce a un grupo de descerebrados para que asesinen a cuchilladas a una estrella de Hollywood, embarazada de ocho meses, y a los amigos que cenaban en su casa. Un individuo que viola y asesina a más de doscientos niños en la Colombia profunda. Una mente calenturienta que envía al crematorio a seis millones de personas por el mero hecho de ser judíos, además de provocar la mayor guerra del planeta Tierra. Y otro líder, contemporáneo del anterior, que “congela” literalmente a millones de sus compatriotas, condenados a trabajos forzados en los gélidos “gulags” siberianos. Un millonario árabe que idea y financia el “derribo” de las Torres Gemelas en Nueva York, el mayor atentado terrorista de la historia. Dos hermanos casi ancianos que se lían a tiros en un tranquilo pueblo de Extremadura, para cobrarse con varias vidas (dos niñas incluidas) una venganza contenida varias décadas. Una condesa medieval que se bañaba en sangre de cientos de desdichadas vírgenes con la absurda creencia de así poder engañar al paso del tiempo. ¿Monstruos? No, hombres y mujeres que tuvieron un padre y una madre, fueron niños, crecieron y se convirtieron en las peores personas de la historia de la humanidad. Por miles podemos contar las malas gentes que hicieron del crimen una forma de vida. Asesinos natos, reyes y jefes de Estado, Papas, terroristas, mafiosos, forajidos e, incluso, gente de a pie como curas, médicos, policías, suegras, niños, padres de familia y, por supuesto, mayordomos. Todos ellos tiñeron de rojo la tierra que pisaron, para terror y vergüenza de sus contemporáneos. Las crónicas registran criminales de este tipo desde la Edad Media, pero ha sido a partir del siglo XIX cuando se producen muchos casos célebres, desde Henri Désiré Landru hasta Marcel Petiot. En el siglo siguiente, el teatro de los sucesos se traslada a la joven Norteamérica, donde Lacassagne comenzó a tener razón: el medio y su circunstancia generan al criminal. ¿Qué convierte a un ser común, sin relevancia alguna, en un criminal en serie? ¿Es posible prevenir su gestación? La policía no puede detectar a priori al asesino y detener su raid sangriento. La Medicina Legal lo explicará, una vez apresado o muerto. La bacteria de la que hablaba el médico legal Lacassagne, ¿está en la sociedad y es imposible desterrarla? La fabulosa ciencia moderna, ¿alcanzará a descubrir un antibiótico eficaz contra ella? Es posible que un asesino serial se origine en un estallido patológico nacido de su propia psicosis social, su inadaptabilidad y aun ante el rechazo; que una depresión combativa lo lleve a una neurosis de venganza hacia lo que lo motiva; que un mesiánico religioso, de cualquier signo, lo envuelva en su liturgia mortal. Una vez lanzado a su tarea destructiva, el asesino podrá ser estudiado por sus vicios, aparentes modus operandi u obsesiones fijas, pero todavía no es posible prevenir lo que un vecino cualquiera puede realizar cuando algo hiere su razón y emerge la bestia o el Mr. Hyde que llevamos dentro. Desde la condesa Báthory hasta los asesinos de nuestros tiempos, detectives, científicos y estudiosos de los casos de homicidio han tratado de desentrañar cómo funciona la personalidad, el cuerpo y la mente de los asesinos, qué factores influyen en sus vidas para transformarlos de ciudadanos respetables en máquinas de matar sin sentimientos, caníbales o torturadores. Muchas respuestas se encontraron a través de los tiempos, desde Franz Joseph Gall hasta Cesare Lombroso, pasando por tantos otros como los actuales psicólogos, perfiladores y estudiosos del tema que dedicaron su experiencia y años de investigación a develar la mente de un asesino serial. Franz Joseph Gall (1758-1828): Médico vienes creador de la Frenología o “craneología”, basó sus estudios de los criminales tomando como punto de partida las características de la personalidad y cómo se relacionaba esto con la forma del cráneo. Esta teoría se oponía al pensamiento científico tradicional, que separaba el cuerpo de la mente. El Dr. Gall pensaba que los caracteres y las funciones intelectuales de un individuo dependían de la conformación externa del cráneo, es decir, que podían analizarse las facultades y funciones de la mente porque ciertas áreas del cerebro se correspondían con caracteres psicológicos, guardando relación con el tamaño y la formación externa del cráneo. Estas tendencias se reducían a las de naturaleza amativa, adquisitiva, destructiva o combativa. Johann Cristoph Spurzheim (1776-1832), discípulo de Gall, popularizó esta teoría que interesó a los criminólogos, que trataban de definir la localización de la función criminal. Cesare Lombroso (1835-1909) La teoría del criminal nato. Este médico italiano nació en Verona el 6 de noviembre de 1835. Además de su carrera en medicina también se interesó por la Psiquiatría y cursó estudios en la Universidad de Pavía. Al ponerse en contacto con la obra de Darwin, del origen de las especies por vía de selección natural queda totalmente fascinado y la traduce al italiano. Allí, los estudios de Darwin sobre la evolución del hombre, partiendo del mono y pasando por el pithecanthropus erectus y otros humanoides más o menos inteligentes, influyen en Lombroso para la búsqueda de la relación que podría existir entre esta teoría y la criminología. Lombroso, mediante sus observaciones, había concluido que tanto el criminal, como algunas ardillas y castores, presentaban hundimiento de la fosa occipital; a este rasgo Darwin lo llamaba “evolución atávica”, que hacía regresar a la especie humana a la animalidad. El comportamiento criminal, entonces, no era consecuencia del mundo exterior sino una disposición natural en algunos sujetos, “criminales natos”. Durante casi diez años, Cesare Lombroso trabajó arduamente para demostrar su teoría: coleccionó grandes cantidades de cráneos y estudió la morfología de por lo menos 25.000 criminales o anormales. Su profusa investigación fue volcada en su libro L’Uomo Delincuente (El hombre delincuente) de 1889, una obra que se explayaba sobre los rasgos característicos de los criminales. Además del hundimiento de las fosas occipitales, la lista incluía: caja craneana demasiado pequeña, muelas del juicio demasiado grandes, escasa vellosidad en el cuerpo, frente huidiza, arcos temporales pronunciados, mandíbulas fuertes y marcadas, fuerte desarrollo de cigomas (malares -huesos de las mejillas-), prognatismo (mandíbulas marcadas), fuerte pigmentación, cabello enrulado y espeso, defectos en las orejas, asimetría de la cara, y labios carnosos o hinchados. Sumó a estas características antropométricas otras de índole psicológica e intelectual; según este médico, los delincuentes carecían de sensibilidad y eran psicópatas incapaces de sentir piedad y paradójicamente muy sentimentales. Agrega que eran perezosos, versátiles e hipócritas.

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